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Listar por autor "Lillo, Baldomero"

Mostrando ítems 1 al 13 de 13

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    El ahogado 

    Lillo, Baldomero

    Sebastián dejó el montón de redes sobre el cual estaba sentado y se acercó al barquichuelo. Una vez junto a él extrajo un remo y lo colocó bajo la proa para facilitar el deslizamiento. En seguida se encaminó a la popa, apoyó en ella su espalda y empujó vigorosamente. Sus pies desnudos se enterraron en la arena húmeda y el botecillo (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    El alma de la máquina 

    Lillo, Baldomero

    Los obreros que extraen de los ascensores los carros de carbón míranlo con envidia no exenta de encono. Envidia, porque mientras ellos abrasados por el sol en el verano y calados por las lluvias en el invierno forcejean sin tregua desde el brocal del pique hasta la cancha de depósito, empujando las pesadas vagonetas, él, bajo la techumbre de zinc no da un paso ni gasta más energía que la indispensable para manejar la rienda de la máquina. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015) (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    El angelito 

    Lillo, Baldomero

    En un aislamiento casi absoluto, lejos de las aldeas que se alzan en los estrechos valles vecinos al océano, vive un centenar de montañeses cuya única labor consiste en la corta de árboles, que, labrados, y divididos en trozos, transpórtanse en pequeñas carretas hasta los establecimientos carboníferos de la costa. Por todas partes, ya sea en la falda de los cerros o en el fondo de las quebradas, se escucha durante el día el incesante rumor de las hachas que hieren los troncos seculares del roble, el lingue y el laurel. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    El calabozo número 5 

    Lillo, Baldomero

    El doctor a quien habíamos encontrado en la calle y que nos había invitado a acompañarle en su visita matinal al presidio, parecía un tanto contrariado con la polémica que Rafael había provocado con su intransigencia habitual. No había despegado los labios y no daba muestras de interesarse poco ni mucho en tales asuntos. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    El chiflón del diablo 

    Lillo, Baldomero

    En una sala baja y estrecha, el capataz de turno sentado en su mesa de trabajo y teniendo delante de sí un gran registro abierto, vigilaba la bajada de los obreros en aquella fría mañana de invierno. Por el hueco de la puerta se veía el ascensor aguardando su carga humana que, una vez completa, desaparecía con él, callada y rápida, por la húmeda abertura del pique. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    Colección de cuentos 

    Lillo, Baldomero

    colección de cuentos sobre la vida en chile. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    El grisú 

    Lillo, Baldomero

    En el pique se había paralizado el movimiento. Los tumbadores fumaban silenciosamente entre las hileras de vagonetas vacías, y el capataz mayor de la mina, un hombrecillo flaco cuyo rostro rapado, de pómulos salientes, revelaba firmeza y astucia, aguardaba de pie con su linterna encendida junto al ascensor inmóvil. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    El hallazgo 

    Lillo, Baldomero

    Cuando Miguel Ramos, carpintero del taller de reparaciones, abrió la puerta del cuarto y salió al corredor del vasto galpón, su ancha y rubicunda faz se iluminó con una sonrisa de júbilo. La tarde se presentaba espléndida para la pesca. Una ligera neblina cubría todo el amplio espacio que abarcaban sus ojos. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    Inamible 

    Lillo, Baldomero

    Ruperto Tapia, alias "El Guarén", guardián tercero de la policía comunal, de servicio esa mañana en la población, iba y venía por el centro de la bocacalle con el cuerpo erguido y el ademán grave y solemne del funcionario que está penetrado de la importancia del cargo que desempeña. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    La mariscadora 

    Lillo, Baldomero

    Sentada en la mullida arena y mientras el pequeño acallaba el hambre chupando ávido el robusto seno, Cipriana con los ojos húmedos y brillantes por la excitación de la marcha abarcó de una ojeada la líquida llanura del mar. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    El pozo Lillo Baldomero 

    Lillo, Baldomero

    Con los brazos arremangados y llevando sobre la cabeza un cubo lleno de agua, Rosa atravesaba el espacio libre que había entre las habitaciones y el pequeño huerto, cuya cerca de ramas y troncos secos se destacaba oscura, casi negra, en el suelo arenoso de la capilla polvorienta. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    Tienda y trastienda 

    Lillo, Baldomero

    A pesar de aquel pomposo por mayor y menor y de la hábil y estudiada colocación de las mercaderías en las armazones para llenar los huecos y aparentar una gran existencia, su adquisición no habría arruinado a ningún Rotschild. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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    La trampa 

    Lillo, Baldomero

    Una mañana de junio, un tanto fría y brumosa, Luis Rivera, el arrendatario de "El Laurel", y su amigo el teniente de ingenieros Antonio del Solar, tomaban desayuno y conversaban alegremente en el amplio y vetusto comedor de las viejas casas del fundo. (Tomado del contenido del libro) (Fecha de reseña 11/10/2015)

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