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Listar por Materia "Amor - Convivencia - Psicología"

Mostrando ítems 1 al 3 de 3

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    Comentarios sobre el vivir 1 

    Krishnamurti, J.

    El otro díavinieron a verme tres devotos egoístas. El primero era un sanyasi, un hombre que había renunciado al mundo; el segundo era un orientalista que creía firmemente en la fraternidad; y el tercero era un convicto forjador de una maravillosa utopía. Cada uno de los tres luchaba con ardor por su propia obra y miraba con desdén las actitudes y actividades de los otros. Cada uno se afirmaba en su propia convicción, se sentía ardientemente apegado a su forma particular de creencia, y los tres, por extraño que parezca, eran crueles. Me dijeron, especialmente el utopista, que estaban dispuestos a negarse o sacrificarse a sí mismos y a sus amigos por aquello en que creían. Parecían humildes y suaves, particularmente el hombre de la fraternidad, pero había en ellos dureza de corazón y esa peculiar intolerancia que es característica del superior. Eran los escogidos, los intérpretes; sabían y estaban seguros. Tomado del texto original Fecha: 10/11/2016

    Formato: DOC (Word 97-2003)

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    Comentarios sobre el vivir 2 

    Krishnamurti, J.

    Estos encuentros, que tuvieron lugar en diferentes parajes de la India, Europa y América, son a la vrz intensos y clarificadores. En ellos, la aguda inteligencia de Krishnamurti investiga y desvela los comportamientos del "yo", y nos ayuda a restablecer la antigua certeza de que los seres humanos son capaces de completarse a sí mismos, no a través de ningún agente externo o de la fe, sino prestando la debida atención y sabiendo escuchar. Tomado del texto original Fecha: 10/11/2016

    Formato: DOC (Word 97-2003)

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    Comentarios sobre el vivir 3 

    Krishnamurti, J.

    A lo largo de la parte alta de la dilatada y ancha curva del río estaba la población, muy santa y muy sucia. El río daba allí una amplia vuelta y chocaba con fuerza contra el borde de la ciudad, inundando muchas veces los peldaños que bajaban hasta el agua y algunas de las viejas casas. Mas, por mucho daño que hiciera en su furia, el río seguía siendo sagrado y hermoso. Estaba particularmente hermoso aquella tarde, con el sol poniente bajo la oscura población y detrás del singular minarete, que parecía extender toda la ciudad hacia el cielo. Las nubes eran de un rojo dorado, inflamadas con el brillo de un sol que había viajado sobre un país de intensa belleza y tristeza. Y, al desaparecer el brillo, allí, sobre la oscura ciudad, estaba la luna nueva, dulce y delicada. Desde la orilla opuesta, alguna distancia río abajo, todo el encantador espectáculo parecía mágico, y sin embargo perfectamente natural, sin un toque artificioso. Lentamente la luna nueva descendió tras la oscura masa de la población, y empezaron a aparecer luces; pero el río retenía aun la luz del cielo vespertino, un áureo esplendor de increíble suavidad. En esta luz, que era el río, había centenares de botes de pesca. Toda la tarde, hombres delgados y morenos, con largos palos, habían estado remontando laboriosamente la corriente, en una sola fila cerca de la orilla; partiendo de la aldea pesquera situada bajo la ciudad, cada hombre en su bote, a veces con un niño o dos, había remontado lentamente el río hast

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